Santa Isabel hace 100 años: así eran las Fiestas Patronales que hoy nos costaría imaginar

Santa Isabel hace 100 años: así eran las Fiestas Patronales que hoy nos costaría imaginar

Imagínate despertar en 1928 a las cinco de la madrugada, no con una alarma, sino con el estruendo de un petardo y el sonido de una banda caminando por tu calle. Así empezaban las Fiestas Patronales en Santa Isabel hace casi cien años. Esa tradición se mantuvo por décadas.

Tengo en mis manos un tesoro: el programa original de las Fiestas Patronales de Santiago Apóstol, publicado por el periódico El Mundo en julio de 1928. Contiene una inmensa cantidad de actividades y tuve que investigar cómo estas se realizaban en nuestra isla en esos tiempos. Ahora, quiero llevarte de la mano por esos días, como si estuviéramos ahí.

Un pueblo que vivía para su fiesta

Hoy hablamos de las fiestas patronales como unos días con machinas, kioscos, música, reinado, maratón y regatas. Esas tradiciones comenzaron hace más de 100 años, pero las Fiestas Patronales incluían más actividades organizadas por comisiones de vecinos del pueblo.

Era el evento del año. El único momento en que todo Santa Isabel se unía para celebrar. No había radioemisoras en el sur de la isla y en la mayoría de las casas no existían aparatos para escuchar. Tampoco tenían televisión, ni mucho menos redes sociales. La plaza era el internet de la época. Era el lugar donde la gente se enteraba de todos los chismes del pueblo. Ahí se veían, paseaban, jugaban, reían, bailaban y hasta se enamoraban…

Las fiestas comenzaban con el énfasis religioso dedicado a Santiago Apóstol. Había misas, rezo del rosario, un triduo de tres días y letanías cantadas.

El triduo era una práctica católica que consistía en tres días consecutivos de ejercicios espirituales. El objetivo era preparar a los fieles para una fiesta religiosa importante, o para honrar a un santo.

La letanía era una serie de súplicas o invocaciones a la Virgen María o a los santos con respuestas fijas. Un solista o «cantor» guiaba la estrofa invocando un verso o atributo divino, y la concurrencia o coro respondía al unísono con una frase corta o un estribillo.

El propósito era preparar espiritualmente a la comunidad para una celebración mayor: la fiesta de Santiago Apóstol. Era fe y comunidad entrelazadas.

Pero también había otra cara de Santa Isabel. Una más traviesa y más ruidosa.

La madrugada que anunciaba la fiesta

La música, en el pasado, al igual que hoy, dominaba el evento. El programa original dice que el primer día empezaba con una gran «alborada».

Una «alborada» era un recorrido musical que se hacía muy temprano en la mañana (al alba, de ahí el nombre) por las calles del pueblo. Generalmente, era para anunciar o dar inicio a un día de fiesta importante.

Una banda, a veces acompañada de vecinos, recorría las calles muy temprano, todavía oscuro, anunciando «que había llegado el momento de dar expansión al espíritu, rindiendo culto a nuestro excelso patrón Santiago Apóstol». Qué manera tan bella de decirlo: “Dar expansión al espíritu…”

Ese mismo día, la banda volvía a salir a las doce del mediodía, a las tres de la tarde y a las siete de la noche. Terminaban con una retreta en la plaza.

Las “dianas” que levantaban el pueblo

Las «dianas» vienen de la tradición militar: era el toque de corneta o tambor con que se despertaba a la tropa en los cuarteles al amanecer. Este uso militar pasó luego a la vida civil para señalar el inicio festivo de un día importante.

Se realizaba muy temprano en la mañana, al rayar el alba, generalmente el primer día de las fiestas o los días principales del ciclo festivo. La banda municipal recorría las calles, a veces acompañada de cohetes y voladores, y en ocasiones era un grupo de músicos o una comparsa de vecinos. Caminaban por las calles del pueblo tocando marchas alegres y música festiva, despertando a los vecinos con un ambiente de júbilo.

El propósito era anunciar oficialmente: «¡Hoy comienza la fiesta!» —generando expectativa y alegría desde temprano.

¿Qué era una “retreta”?

La retreta era un pilar de la vida cultural y social del pueblo, realizada por las bandas escolares y municipales. Era mucho más que un concierto: era un evento social. A menudo tocaban danzas, valses, marchas, pasodobles y música popular.

Los “truenos” y “petardos”

El programa enfatizaba el uso de truenos y petardos que se escuchaban en todo el pueblo. Estos eran los fuegos artificiales de la época: pólvora que se hacía estallar para crear ruido y ambiente festivo. Definían el ambiente sonoro de un pueblo en fiestas.

Los “truenos” eran artefactos de pólvora, generalmente hechos con cartón o papel grueso enrollado, que producían una explosión fuerte y seca al encenderse. A veces se lanzaban al aire y estallaban al caer, o se hacían estallar directamente en el suelo. El objetivo era puramente sonoro: el estruendo era señal de fiesta, de alegría, de que algo importante estaba ocurriendo.

Los petardos eran similares a los truenos, pero generalmente más pequeños, parecidos a lo que hoy conocemos como «firecrackers» o «cohetes de trueno». Se usaban en grandes cantidades, a menudo encendidos en cadena, produciendo una serie rápida de estallidos.

El extenso programa también menciona algo que caracterizaba a las Fiestas Patronales de la época: los juegos populares en la plaza.

Los juegos que hacían reír a todo un pueblo

Aquí es donde el programa de 1928 me hizo sonreír y sentir un poquito de nostalgia por algo que viví en las décadas del 50 al 70: el palo encebao.

El palo “encebado” (encebao), o «cucaña», como también le decían, consistía en un tronco altísimo, untado de grasa, con un premio en la punta. Hombres jóvenes lo trepaban, resbalaban y muchas veces se caían entre risas del pueblo entero.

Se realizaba típicamente durante el día, a menudo en la tarde. Era un juego tradicional heredado de las fiestas españolas (conocido en España como cucaña). En el programa se menciona con ambos nombres.

El juego de la sartén

Este consistía en una sartén tiznada de hollín colgada de una cuerda, con una moneda pegada en el centro. Los participantes, con las manos atadas atrás, intentaban arrancar la moneda con la boca. Terminaban con la cara negra y el pueblo llorando de la risa.

Esas fiestas patronales de 1928 incluyeron también carreras de bicicletas, carreras de sortijas en bicicletas, corrida de cintas, torneo de canasta y carreras de caballos en escape y de paso “fino”.

Para 1928 las carreras en bicicleta todavía eran una novedad moderna.

Las carreras de sortijas

Este era un juego de origen español muy popular en las fiestas patronales puertorriqueñas.

En qué consistía el juego de sortijas: Se colgaba una o varias sortijas (anillos pequeños, a veces de metal) de un cordón o arco suspendido a cierta altura sobre el camino o la calle. El participante debía pasar a toda velocidad por debajo y ensartar la sortija con un palillo, vara delgada o lanza pequeña que llevaba en la mano, sin detenerse. Requería gran precisión, pulso firme y buena coordinación entre la velocidad y el movimiento del brazo.

La versión en bicicletas: En lugar de hacerse a caballo (la versión tradicional más antigua), los participantes competían montados en bicicleta, recorriendo un tramo de calle a buena velocidad. El reto era doble: mantener el equilibrio y la velocidad en la bicicleta mientras se intentaba ensartar la sortija con precisión.

Sistema de premios: Cada sortija ensartada solía tener un valor o premio asociado (a veces las sortijas mismas tenían distintos colores o tamaños indicando el premio correspondiente). El competidor que lograra ensartar más sortijas, o la de mayor valor, ganaba el premio correspondiente —podía ser dinero, un objeto o simplemente el honor y el aplauso del pueblo.

La carrera de cintas (o corrida de cintas)

Este era otro juego de destreza de tradición española, muy similar a las carreras de sortijas, y también solía practicarse tanto a caballo como en bicicleta.

¿En qué consistía? Se tendía un cordón o alambre a través de la calle, del cual colgaban varias cintas de colores, cada una sostenida por una pequeña anilla o argolla en su extremo superior. El jinete (o ciclista) debía pasar a toda velocidad por debajo y, con un palillo, gancho o lápiz afilado que llevaba en la mano, ensartar la argolla para llevarse la cinta consigo. Al igual que en las sortijas, el reto combinaba velocidad, equilibrio y precisión del pulso.

Diferencia con la carrera de sortijas: El objetivo visual y el «trofeo» eran distintos: en lugar de un anillo metálico, aquí se trataba de cintas de tela de colores vistosos, que colgaban y ondeaban, haciendo el ensartado un poco más visible y colorido para el público.

Las cintas casi siempre las tejían las señoritas del pueblo. El joven que lograba tomar una cinta, muchas veces se la dedicaba después a una muchacha en particular. Era destreza. Pero también era coqueteo.

Nuestros caballos, nuestro orgullo

Las carreras de caballos eran otra atracción principal. Había dos tipos: de escape, o sea, de puro galope a toda velocidad, y de paso, donde se premiaba la elegancia del “paso fino” puertorriqueño.

En un pueblo como el nuestro, de tradición agrícola y azucarera, los hacendados sacaban a pasear sus mejores animales. Era orgullo puro y mostrarle al pueblo entero lo que uno había criado con sus propias manos.

Los bailes

Lo que más mantuvimos de esas fiestas patronales son los bailes en la plaza. La diferencia es que el programa de 1928 indicaba que «Es necesario que cada bailador traiga su pareja», o sea, nada de «sacar a bailar a una joven que te llamó la atención».

Otro elemento clave es que este programa muestra que en Santa Isabel hace cien años se realizaban los tradicionales «Bailes de Bombas» en la plaza durante las Fiestas Patronales.

El día que le pertenecía a la playa

Algo que me llenó el corazón al leerlo: había un día completo dedicado a la Playa de Santa Isabel. Comenzaba también con una diana, esta vez recorriendo el poblado de la playa. Después salía una gran parada desde la plaza hasta allá, con petardos, truenos y música por todo el camino.

En la playa repetían los juegos populares, incluyendo el “palo encebao” (“la cucaña”). Pero también había algo único: un concurso de nadadores con premios y las tradicionales regatas de lanchas a remo. Nuestra playa, protagonista desde hace cien años. Eso no ha cambiado, como tampoco algunos de los apellidos de los que las organizaban en esa época: Ramón Tejero, Francisco de León y José Tejero.

Los nombres detrás de la fiesta

Gente real, de carne y hueso, que se organizó para que su pueblo tuviera fiesta.

Vecinos comunes, dedicando su tiempo, para que Santa Isabel celebrara a su santo patrón como se merecía. Ellos ya no están. Pero sus nombres siguen aquí, en un papel amarillento de 1928, esperando que alguien los recuerde.

DE FESTEJOS: Sinforiano Burgos, José Manuel Santiago, Pedro Olivencia, Rafael Suárez, Ángel R. Torres, Manuel Santiago, Pastor Díaz, Pedro Colón, Ángel Delpín y Julia Díaz.

DE FUEGOS: Óscar Olivencia, Rafael Suárez, Francisco Santiago, Agustín Díaz, José Miguel Rodríguez y Carlos Díaz.

RELIGIOSA: Sra. Isabel y Sra. Paquita C. de Santana, Sra. M. de Colón, Rosita de Torres, Carmina Amellini, Andrea Torres, Sara Cueva, Señor Rivera, Mila Idrach, Felisa Suárez, Sra. Luisa Vila de Torres, Sra. Elba González, Señorita Carmen Brito Palmer, Sra. Carmen Burgos, Sra. Petunia de Santiago, Sra. Carmen de Olivencia y Sra. Carmen de Tejero.

DE BAILE: Aquilino Díaz, Ángel Torres, José Manuel Santiago, Juan Moreno, Julián Santos, Tomás Márquez, Ángel Santiago e Isabel Márquez.

DE JUEGOS DE SORTIJA: Ana Burgos, María Mercedes, Sara Moreno, Julia Santos, Tomás Colón, Salvador Rivero y otros.

Lo que nos queda hoy

De todo eso, ¿qué sobrevive? Los bailes, aunque hoy nadie exige que llegues con pareja como decía el programa original. La música en las calles, los fuegos artificiales, el orgullo por nuestra playa y las regatas. Todo eso sigue latiendo, aunque de forma distinta.

Pero también se perdió mucho. El palo encebado casi no se ve. El juego de la sartén, probablemente ninguno de ustedes lo ha jugado. Las carreras de sortijas en bicicleta, un recuerdo de papel.

Leer este programa es como escuchar la voz de un Santa Isabel que ya no existe, pero que nos hizo ser quienes somos hoy.

Una fiesta, cien años, un mismo pueblo

Han pasado casi cien años desde julio de 1928. Las bandas de aquella época ya no tocan. Los jóvenes de las sortijas y las cintas ya no están con nosotros.

Pero el espíritu de esa fiesta, ese impulso de «dar expansión al espíritu», sigue vivo cada vez que Santa Isabel se junta a celebrar a Santiago Apóstol.

Y ahora te pregunto a ti. ¿Tus abuelos o bisabuelos te contaron alguna historia de las fiestas patronales? ¿Tienes fotos viejas, guardadas en una gaveta, esperando ver la luz de nuevo? Compártelas en los comentarios. Cuéntanos lo que recuerdas, lo que te contaron, lo que se quedó grabado en la memoria de tu familia.

Porque cada historia que compartimos es una manera de que Santa Isabel no se apague del todo.

Imagen creada con IA.

Fuente

Periódico El Mundo, 17 de julio de 1928, pág. 14

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